¿Hay sitio para uno más?

Era medianoche y Cleo dormía en su cama despatarrada, como una estrella de mar.
Hasta que alguien le tocó el hombro.
—Cleo… soñé que se me perdía un zapato.
Era Pelusín, con su almohada bajo el brazo.
Cleo, sin abrir los ojos, levantó la sábana.
—Sube.
Pelusín subió. Y Cleo dejó de ser una estrella de mar. Ahora era media estrella.
Toc, toc.
—Cleo… tengo frío en los pies.
Era Colitas, con Tentáculos.
—Sube.
Colitas subió. Y sus pies, helados como dos cubitos de hielo, se fueron directo a la espalda de Cleo.
—¡Ay!
Toc, toc.
—Cleo —era Teté, con Dino y una linterna—. Calculo que en esta cama caben exactamente cuatro personas y media. Vengo a ser la media.
—Sube.
Toc, toc.
—Cleo, querida —era Maripí, con el antifaz en la frente—. En mi cama hay demasiado silencio. Una artista necesita público.
—Sube.
Ya no quedaba sitio ni para un calcetín. Pelusín dormía con un pie en la oreja de Teté. Colitas estaba atravesada, como un puente. Y Cleo, en la orilla, se agarraba con una mano para no caerse.
Y entonces, desde la cuna, se oyó:
¡Piii!
Era Ramona. Y detrás de Ramona venía Cuquín, con los brazos levantados.
—¿’Ay sitio?
Todos se miraron. No había sitio. Ni un poquito. Ni para un ratón.
Cleo suspiró. Y luego sonrió.
—Siempre hay sitio para uno más.
Todos se apretaron un poquito, como sardinas en una lata. Cuquín se acomodó justo en el medio, donde estaba más calentito.
Y Cleo… ¡pum! Se cayó de la cama.
Aterrizó sobre la montaña de peluches, blandita como una nube.
Desde arriba se asomaron cinco caras por el borde del colchón.
—¿Cleo? ¿Estás bien?
Cleo miró el techo. Miró la cama llena de hermanos. Y se rio bajito.
Entonces, desde arriba, bajó colgando una manita. Era Cuquín. Cleo se la tomó.
Y así se durmieron: cinco hermanos en una cama, una hermana en los peluches, un perro que subió a hacerle compañía y una mano que no se soltó en toda la noche.
Que es la manera más incómoda de dormir.
Y la más bonita.
Buenas noches.
