Idioma: Español (España)

El cielo de Pelusín

Ilustración del cuento «El cielo de Pelusín»: Cleo y Pelusín en pijama

Cleo era la mayor. La que siempre tenía una idea. La que subía al árbol más alto y bajaba por el tobogán de cabeza.

Pero cuando se apagaba la luz, Cleo se tapaba hasta la nariz.

Porque de noche el tipi parecía una cueva, el armario parecía una montaña y su abrigo, colgado en la percha, parecía un señor muy alto que la miraba.

—Pelusín —susurró—. ¿Estás despierto?

—Sí. Estoy contando estrellas por la ventana. Voy por la cuarenta y tres.

Cleo tardó un poquito en decirlo.

—¿A ti no te da miedo la oscuridad?

—¿A ti sí?

—Un poquito. Es que es muy grande. Y muy negra. Y no tiene nada adentro.

Pelusín se quedó pensando. Pensó tanto que se le arrugó la frente. Y de pronto sonrió.

—Entonces vamos a llenarla.

Esa idea era tan buena que parecía de Cleo.

—¡Claro, eso es! ¡Rápido, Mochipanda! Linterna, papel y crayones.

Pelusín dibujó estrellas: grandes, chiquitas, una con cola y una luna que sonreía. Cleo las recortó. Y Cuquín, saltando en la cama elástica —¡boing, boing!—, las fue pegando en el techo, encima de la cama de Cleo. Algunas derechas. Otras torcidas. Y una en la frente de Teté, que dormía y ni se enteró.

Pusieron la linterna en el suelo, mirando hacia arriba.

Clic.

Y en el techo apareció un cielo. Un cielo de papel, amarillo y blanco, hecho a mano.

—Guau… —susurró Cleo.

Pelusín tomó el abrigo de la percha y lo dobló sobre la silla.

—Ya no hay señor alto. Solo un abrigo con sueño.

Cleo se rio bajito.

Pelusín subió la escalera con su almohada y se acostó junto a Cleo, para mirar el cielo desde abajo.

—¿Sabes una cosa? —dijo, ya con los ojos chiquitos—. Las estrellas de verdad también están ahí de día. Pero solo se ven de noche. La oscuridad sirve para eso.

Cleo pensó que su hermano era muy listo.

Y pensó otra cosa: que ser la mayor no quiere decir no tener miedo nunca. Quiere decir tener a alguien a quien darle la mano.

Así que le dio la mano a Pelusín. Y Pelusín, sin abrir los ojos, se la apretó.

Antes de llegar a diez, los dos dormían.

Y arriba, en su cielo de papel, la estrella con cola siguió viajando toda la noche, despacito, cuidándolos.