Idioma: Español (España)

El frasco de las preguntas

Ilustración del cuento «El frasco de las preguntas»: Teté y Cleo en pijama

A Teté le pasaba algo de noche: en cuanto se apagaba la luz, se le encendía la cabeza.

¿Por qué la luna no se cae? ¿Los peces duermen con los ojos abiertos? ¿Los dinosaurios soñaban? ¿Y con qué?

Una pregunta llamaba a otra, y esa a otra, y a otra, como hormigas en fila. Y cuanto más quería dormir Teté, más preguntas llegaban.

—Cleo —susurró—. ¿Estás despierta?

—Ahora sí.

—¿Por qué los gatos ronronean? Y otra: ¿cuánto pesa una nube? Y otra: si un árbol se cae en el bosque y nadie lo oye…

Cleo bajó la escalera en pijama.

—Teté, ¿cuántas preguntas tienes ahí adentro?

Teté se tocó la cabeza.

—Creo que todas.

Cleo se sentó en el borde de la cama. Y pensó.

—¡Claro, eso es! ¡Rápido, Mochipanda! —Y sacó un frasco vacío, papelitos y un lápiz—. Esto es un frasco de preguntas. Cada pregunta que te dé vueltas, la escribes, la doblas y la metes aquí. Y el frasco te la cuida toda la noche.

—¿Y mañana?

—Mañana la sacamos y la investigamos juntos. Con lupa.

Teté lo pensó. Era un sistema muy ordenado. Le gustó.

«¿Por qué la luna no se cae?». La dobló. Al frasco.

«¿Los peces duermen?». Al frasco.

«¿Cuánto pesa una nube?». Al frasco.

Cada vez que metía un papelito, la cabeza le pesaba un poquito menos. Como cuando uno vacía una mochila llena de piedras.

Al final quedaba un papelito. Teté lo escribió despacio y no lo metió en el frasco. Se lo dio a Cleo.

Decía: «¿Y si mañana en el recreo nadie quiere jugar conmigo?».

Cleo lo leyó. Lo dobló muy chiquito.

—Esta no va al frasco —dijo—. Esta te la contesto ahora: me buscas a mí. Y si no me encuentras, buscas a Pelusín. Y si no, nos inventamos un juego tan bueno que todos van a querer jugar.

Teté sonrió. Ya no le quedaban preguntas dando vueltas. Solo una, chiquitita, que no le daba miedo sino ganas.

—Cleo… ¿los dinosaurios soñaban?

—No sé —dijo Cleo, tapándolo hasta los hombros—. Pero esa no la metas en el frasco. Esa llévatela a dormir. A lo mejor lo averiguas.

Teté abrazó a Dino. Cerró los ojos.

Y esa noche, en un valle de helechos gigantes, un dinosaurio muy grande se acurrucó junto a un niño con lentes, bostezó…

y empezó a soñar.

Buenas noches.