Idioma: Español (España)

Lo mejor del día

Ilustración del cuento «Lo mejor del día»: todos los hermanos en pijama

Cuquín no quería que se acabara el día.

Había sido un día enorme. Hubo charcos. Hubo pelota. Hubo helado de fresa, con cuchara y con los dedos.

Por eso, cuando Cleo apagó la luz grande, Cuquín se agarró a los barrotes de su cuna y dijo, muy serio:

—¡Día, no! ¡No!

—Cuquín, el día ya se acabó —dijo Cleo.

Y Cuquín puso la cara que ponen los niños cuando les quitan algo que todavía estaban usando.

Cleo se quedó pensando. A ella tampoco le gustaba perder los días buenos. Hoy había aprendido a silbar con dos dedos. Bueno, casi.

—¡Claro, eso es! —susurró—. ¡Rápido, Mochipanda!

Pero esta vez no sacó nada. Vació la mochila, la dejó en medio del cuarto con la boca bien abierta y dijo:

—El día se acaba. Pero lo mejor del día se puede guardar. Cada uno mete aquí su momento favorito. Y mañana sigue ahí.

—¿Cómo vas a meter un momento en una mochila? —preguntó Teté, subiéndose los lentes.

—Así.

Cleo cerró los ojos, juntó las manos como quien atrapa una mariposa y las abrió dentro de la Mochipanda.

—Lo mejor de mi día fue cuando silbé con dos dedos. Bueno, casi.

Hubo un silencio. Y luego Maripí bajó de su cama, con mucha ceremonia.

—Lo mejor de mi día fue cuando me aplaudieron en el recreo. Bueno, me aplaudió Colitas. Pero muy fuerte.

Y guardó su momento en la mochila.

Colitas guardó el momento en que una mariquita se le paró en la nariz.

Pelusín guardó el cohete que, por primera vez, le salió redondo.

Teté miró la mochila. Miró a sus hermanos. Suspiró.

—Esto no tiene ninguna base científica.

Y guardó el momento en que encontró una piedra con forma de diente de dinosaurio. Con mucho cuidado, para que no se rompiera.

Hasta Tomate se acercó y dejó caer adentro su pelota babeada. Que, para un perro, es lo mismo.

Entonces todos miraron a Cuquín.

Cuquín pensó. Pensó muy fuerte. Tenía tantos momentos que no sabía cuál elegir: el charco, la pelota, el helado…

Al final, se acercó a la mochila y señaló a sus hermanos. A todos. Uno por uno.

—Esto —dijo.

Nadie dijo nada. Porque cuando alguien pequeño dice algo tan grande, no hace falta decir nada más.

Cleo cerró la Mochipanda despacito, para que no se escapara nada, y la dejó junto a la cuna.

—Ya está. Mañana, cuando te despiertes, todo va a seguir ahí. Y vamos a llenarla otra vez.

Cuquín abrazó a Ramona. Ya no se agarraba a los barrotes.

El día estaba guardado.

Y él ya podía dormir.

Buenas noches.